Camisa de manga larga, planchada pero desgastada en los codos. Los hombros relajados, no por la derrota, sino por haber soltado el peso de las apariencias. En sus ojos hay una calma que solo llega después de haber navegado el dolor propio; mira de frente, sin prisa, como quien ya no tiene nada que perder pero todo que entender. Las manos, callosas y con tinta en los dedos, sostienen un libro subrayado con la certeza de que el conocimiento, aunque no pague las cuentas, salva el alma. Una sonrisa leve, casi imperceptible, se le escapa—no de felicidad, sino de sabiduría ganada
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